SONIDOS EMERGENTES: CÓMO SE REDIBUJA EL MAPA DE LA ESCENA LOCAL
Bandas que organizan sus propios festivales, autogestivos y de impronta obrera. Cantautoras femeninas que se le animan al riesgo y empujan las fronteras del pop. Solistas desafiantes que rompen el molde performático. Expresiones de nostalgia que van del revival del shoegaze y las guitarras noventeras al resurgimiento del rock barrial neo-rolinga… El recambio de la escena local llega de la mano de una generación dispuesta a reinventar las reglas del juego, en los márgenes de la industria, estimulada por el termómetro real del under, un apego renovado por la independencia y una reabsorción acelerada de lo retro.
LA COMUNA DEL ROCK
No hay escena más fuerte que la que se forja con conciencia colectiva. De eso sabe, y bastante, Camionero, un dúo que transformó el formato de guitarra y batería en un tanque de rock y blues valvular. Con un recorrido independiente que ya lleva casi una década, Joan Manuel Pardo y Santiago Luis entendieron que la autogestión es una decisión política y estética. Así forjaron, hace un par de años, Tracción a Sangre, su propio ciclo, montado con una consigna tan simple como necesaria en estos tiempos: construir comunidad. Por su escenario, claro, pasan Camionero y sus bandas amigas, pero abajo también sucede algo mágico: El Acoplado es una feria colaborativa que reúne a diseñadores gráficos, artistas textiles y tatuadores. Tracción a Sangre se volvió un fenómeno colectivo, suerte de trinchera transdisciplinaria, que supo crecer y migrar de los pequeños clubes y centros culturales a recintos más grandes como Vorterix y C Art Media.
Con su ciclo, Camionero consiguió institucionalizar un circuito colaborativo que trasciende su música, donde conviven el pogo, los fanzines, el arte textil, los tatuajes en vivo y las lecturas de poesía. Una microeconomía compartida para tiempos difíciles, que se hace eco de la moraleja que deja El eternauta: “Nadie se salva solo”. Pero así como Tracción a Sangre no es sólo un recital, Camionero tampoco es una banda más. Este dúo repone esas dosis de visceralidad y crudeza que tan bien le hacen a la escena, sobre todo en esta época tan automatizada, de algoritmos e inteligencia artificial. Sus canciones condensan los fundamentos del rock’n’roll de fines de los 60 y principios de los 70, con una capacidad natural para el vuelo psicodélico y el trance rítmico. Y son sólo dos: Joni y Santi, guitarra y batería. Hay precedentes en el retro rock (los White Stripes, los Black Keys), pero también hay un evidente rastro local (Pappo’s Blues, Vox Dei).
POST-PUNK-DEMIA
Hay un batallón de bandas que cautiva los escenarios a pura nostalgia, con guitarras que replican las texturas del shoegaze y los trucos del noise rock, con bases que vuelven a tensar el pulso del post-punk y, sobre todo, con melodías oscuras que nunca resignan su carga emotiva. Muchos de estos grupos empezaron a hacerse notar durante la pandemia, y algunos encontraron asilo en Casa del Puente Discos, un sello fundado en Mar del Plata. De esa ciudad balnearia, justamente, salió Buenos Vampiros, una banda que sintetiza todo lo dicho, de tres chicas y un chico, con una pátina de darkwave y una identidad bien definida que nunca deja de hechizar. En una línea similar está Sakatumba, otra banda con presencia femenina, aunque con algo más de dramaturgia y experimentación en su performance.
Verdaderos devotos del shoegaze y el dream pop, El Club Audiovisual se gestó en suelo porteño, pero también forma parte de Casa del Puente. En su puesta sonora, inspirada principalmente en My Bloody Valentine, encuentran un equilibrio inmejorable entre melodías luminosas y distorsiones inmersivas. Sus reversiones, además, suelen ser muy celebradas (“Mientras dormís”, “Será”). Otra banda con referencias noventeras, y que también formó parte —en sus inicios— de la escudería marplatense, es Mujer Cebra. Propenso a las guitarras ruidosas, este trío corta el aire con canciones de nervio post-punk, urgencia generacional y melancolía trepidante.
La propuesta de Dum Chica es algo distinta: surgió como una dupla femenina —una cantante y una bajista—, encantadoramente contestataria, a la que se sumó un baterista para llevar la experiencia del vivo a otro nivel. Ya como trío, este trío encontró en el minimalismo post-punk una forma de violencia sofisticada, entre bajos asfixiantes, sintetizadores sombríos y pulsión bailable. En otro viaje, definitivamente más lisérgico y enajenado, está Winona Riders, probablemente la banda con más renombre y que más creció en convocatoria de esta camada. Lo de estos muchachos es una ceremonia de neo-psicodelia salvaje, un ritual que hipnotiza y descontrola. Sus referencias más directas son Brian Jonestown Massacre y Spacemen 3, aunque también citan a The Velvet Underground y The Stooges.
Hay más nombres para agregar: Kill Flora, Las Tussi, Mora y Los Metegoles, Nenagenix… Son grupos coetáneos: todos aparecieron, aproximadamente, en el mismo período —en tiempos de pandemia, o un poco antes. Se los suele englobar como parte de un mismo movimiento: nuevo rock alternativo. ¿O retro rock alternativo? Las influencias —conscientes o no, reconocidas o no— son inevitables: toda música nueva remite a algo del pasado, en mayor o menor medida. Claro que la retromanía es otra cosa: son ejercicios de nostalgia que no se disimulan, a los que se recurre intencionalmente. Esta nueva generación de bandas, sin embargo, no se complica demasiado: todo es retro y, a la vez, todo puede significar algo nuevo.
VOLVER AL BARRIO
Hay un rock que no necesita de lo nuevo. Tampoco le hace bien vivir del pasado, la comodidad del museo, donde había permanecido durante casi dos décadas. Así es el rock barrial, el de ascendencia stone, el de la cultura del aguante; un rock que se resiste a extinguirse. De eso se ocupa una corriente de bandas que podría definirse como neo-rolinga y que es encabezada por Autos Robados. Originario de Quilmes y formado a fines de 2015, este cuarteto logró oxigenar el pulso del rock barrial. Un revival a su medida, sin abusar de la nostalgia, lejos del pastiche o la parodia, para conectar a una nueva generación con la ebullición del pogo y el ritual de los trapos. La banda, capitaneada por Fede Soto, nunca se propuso descubrir la pólvora: sigue siendo sólo rock’n’roll, ese que tanto gusta, pero con la frescura necesaria para devolverlo a las esquinas suburbanas.
Al igual que Camionero, Autos Robados abraza la autogestión como modo operativo. Sin planes estratégicos ni apoyo externo, Fede Soto y los suyos nunca pensaron que su banda iba a crecer así, tanto y de golpe. Paso a paso, grabaron y lanzaron sus canciones, en tandas de EPs o singles, con ímpetu y simpleza, y con las influencias muy claras desde siempre (de Pappo a Viejas Locas, pasando especialmente por Ratones Paranoicos). Su convocatoria sigue escalando, con seguidores enfervorizados, que nunca dejan de saltar y cantar, que peregrinan con sus banderas a cada show. Alrededor de Autos Robados hay otras bandas más jóvenes que se suben a la movida: Reybruja, La Grecia, Los Gladiolos y, desde este año, Los Magos. Está claro: ahí afuera había una necesidad de rock’n’roll, directo y sin artificios, tradicional pero fresco, vernáculo y proletario, barrial y rolinga.
MUJERES BELLAS Y FUERTES
En un panorama donde las fronteras se vuelven cada vez más porosas, asoma una camada de artistas femeninas que apuesta por eludir fórmulas y reforzar identidades en la búsqueda. Ahí se destaca la salteña Feli Colina, que llegó a Buenos Aires hace más de una década, con 19 años, para estudiar derecho y trabajar en un estudio de abogados, en principio, pero que terminó cantando en el subte. Así siguió hasta que, en 2018, ganó un concurso musical que la llevó a grabar en Abbey Road. Entonces comenzó a sacar discos y, paso a paso, construyó una obra singular que reformula el folclore y la música popular desde una sensibilidad contemporánea. La música de Feli enlaza raíz y experimentación con una naturalidad poco frecuente, sin renunciar del todo al rock y al pop. Su cuarto y más reciente álbum, LA OTRA MEJILLA, se compaginó como un cancionero de imágenes poderosas que la proyectan como una de las cantautoras más originales de su generación.
En ese mismo mapa también sobresale Chechi de Marcos, una artista entrerriana que, a fuerza de canciones frescas y estimulantes, viene mostrando una personalidad cada vez más nítida. Su pop alternativo encuentra belleza en los pequeños gestos cotidianos y evitan el dramatismo grandilocuente. Chechi comparte varias cosas con Feli: ambas ganaron el concurso de Abbey Road, en distintas ediciones, y ambas giraron como coristas de Conociendo Rusia; no es casual que también hayan compartido escenario.
En un registro distinto, María Wolff viene delineando uno de los recorridos más estimulantes del nuevo pop argentino: melodías de una aparente sencillez que esconden una escritura refinada, climas íntimos y una sensibilidad capaz de traducir las incertidumbres del presente sin caer en lugares comunes. No es casual que Alex Anwandter, referente de la canción pop chilena y latinoamericana, haya apostado por ella y se haya ofrecido para producir su disco, Rápido mamá (2025).
Feli Colina, Chechi de Marcos y María Wolff no son las únicas. Al igual que ellas, hay otras voces que asoman en la escena para trazar su propio camino, cada una a su modo y a su tiempo, como Catalina Ammaturo (rock y pop), Micaela Basadoni (indie y folk) y La Valenti (folclore, hip-hop y soul), entre otras. También vale la mención para cantautoras con algo más de recorrido, como son los casos de Juana Aguirre (canción experimental con electrónica), Delfina Campos (indie pop) y Lola Parda (bolero y canción retro de autor).
SACUDIR EL ESCENARIO
La música también entra por los ojos y el cuerpo, sobre todo en tiempos en los que la experiencia del vivo marca una diferencia. No es casual, entonces, la aparición de artistas como Marttein, Six Sex, Juana Rozas y Leroy Rotman, todos nombres que desdibujan los límites del concierto tradicional para transformarlo en un suceso teatral y disruptivo. Para ellos, el escenario ha dejado de ser una simple plataforma para convertirse en un espacio performático; una puesta integral donde la manifestación corporal y el impacto visual son casi tan importantes como las canciones.
Marttein irrumpió hace un par de años encarnando a un personaje de la noche algo inclasificable, como un tanguero en una rave, con una verborrea nerviosa que no se esconde frente a las bajezas, sobre pistas de punk industrial y electrónica oscura. Su presencia escénica, imprevisible y desquiciada, también se luce frente a cámara —Una película argentina recorre los temas de su debut homónimo, de 2024, mientras que Espectacular es el corto que acompaña su EP de 2025.
Formada también como actriz, Juana Rozas supo construir personajes y universos narrativos que expanden el sentido de sus canciones, con una estética que dialoga con el cine de terror, la cultura rave y el pop más exagerado. La puesta en escena, no en vano, es el corazón de su show en vivo, con performances que buscan interpelar físicamente al público y que terminan haciendo que un recital de pop se torne casi una experiencia inmersiva. Six Sex, por su parte, reformula las reglas de la electrónica bailable y la música urbana a pura incitación, cargada de una energía que no da respiro a la pista. Siempre mordaz y sugerente, ella define su propuesta como un acto de libertad sexual. De ahí que sus performances se presten a la lujuria, como una suerte de celebración hedonista, con ella saliendo en ropa interior o simulando un orgasmo, tanto para derribar tabúes como para fomentar su espíritu provocador. Hay una concepción performática distinta, sin dudas, por parte de una camada de artistas que entienden al show en vivo como un acontecimiento total, una experiencia que trasciende al simple hecho de tocar sus canciones.
Leroy Rotman conoce desde chico el escenario. Es que sus padres son Mimi Maura y Sergio Rotman. Multitalentoso e hiperactivo, Leroy se vale de la electrónica retrofuturista y el pop cínico para montar su show unipersonal, donde pondera la cultura del sampler y cruza el tartamudeo robotizado de Max Headroom con el baile performático de David Byrne. Además lleva adelante una agenda que contempla su trabajo como productor (ahora está grabando lo nuevo de Dum Chica) y varios proyectos paralelos (homenajea a los Talking Heads con Cabezas Parlantes y a los Clash con Dub Clash Orchestra, integra la banda estable de Mimi Maura y forma parte del combo post punk Fea).
Texto: Santiago Delucchi
